Pinceladas de infancia - el cuento premiado de Lucía Blazinsek

Creado en Martes, 25 Agosto 2015 Escrito por olga.battini

Con gran alegría compartimos con ustedes el cuento "Pinceladas de infancia" de nuestra alumna de 4º A, Lucía Blazinsek, que resultó seleccionado para formar parte del libro “Los chicos y los jóvenes cuentan Vicente López”, que recopilara los cuentos de los alumnos de diferentes colegios del barrio, ¡Felicitaciones Lucía!

Pinceladas de infancia

Cada tanto se escuchaba la campana. El día se iniciaba, el sol poco a poco se asomaba. Los pájaros volaban de árbol en árbol, buscando la mejor rama para hacer su nido.

El los miraba desafiante con una gomera, por suerte me dijo que no tenia buena puntería, pero lo que sí le gustaba, era trepar el pino, para llegar a lo más alto y ver hacia el infinito, como él decía.

¡Otra vez la campana! ¡Qué emoción! ¡Qué feliz era Tomas al ver pasar el tren!. Los pasajeros corrían apurados para alcanzar el tren a horario, Tomas no entendía por qué lo hacían, pero el tiempo le enseñaría el porqué.

Era pequeño pero casi un artista, cuando en silencio y a escondidas, con los crayones se dibujaba junto a sus árboles, al tren y a los pájaros. Pronto conocería las temperas para darle color a sus obras de arte.

Don Carlos, cuando volvía de la fábrica, lo llevaba caminando las siete cuadras a ver el Pin-pin, como Tomi lo nombraba. Pocas casas por la zona y un vivero enfrente eran su paisaje diario. Era hijo de inmigrantes europeos, solo hablaba el idioma materno, era chico, eso no importaba hasta que vino el primer vecinito. ¡Qué raro hablaba ese nene!. Sería quien le enseñara sus primeras palabras en castellano, fue muy fácil, pronto estarían jugando a las bolitas y cambiando figuritas. Ahora sí, ya no estaba solo en el dibujo de su pared, junto a él estaba su nuevo compañero de aventuras.

Todo tan cerca y tan lejos… en ese tiempo se caminaba mucho para hacer la compras, al almacén de Doña Quica, a la carnicería, a la fiambrería de Don Fermín y al kiosco de Norma, donde a Tomas le compraban los autitos para su colección. Ahí fue donde ambos amigos encontraban los mejores exponentes para sus mini competencias automovilísticas.

Una noche no se pudo dormir y los llevaron a pasear bajo la luna llena y claro volvió rendido a upa en los brazos de su papa. A partir de ese día apareció la luna enorme en su pared, que más que pared ya era un mural.

Las tardes de domingo la familia se reunía a comer al medio día, y en uno de esos pensamientos que tenemos los niños, no pudo más y lo grito: - ¡soy el Rey de los Salames!, ante los deliciosos salamines que no podía dejar de comer. Muy gracioso, hasta el día de hoy ríen los que se rieron y nos reímos con él, cada vez que recuerda esa inocente expresión.

Como verán su carita pálida y sus ojos azules eran compradores, tanto que sus papas le perdonaban que se comiera todos los yogures en frasco de vidrio, debajo de la mesa. Por supuesto que los necesitaba para correr en Lactona, donde competía con los chicos del barrio. Era el más veloz y pronto lo demostraría. Ese lugar estaba cerquita de su casa, cruzando Panamericana que no era como es hoy, sino que bastante más angosta.

Tomas fue creciendo con los aromas del duraznero, del limonero y del azahar. Me contó con orgullo haber sido de la primer promoción de su escuela en Munro, todavía guarda algunos de sus creaciones en plano. Muchas imágenes estaban plasmadas en su mural, miles de colores, con un pizca de sabores.

Conozco el pino, al limonero y se siente aún el aroma del azahar. De vez en cuando vamos a la fiambrería de Don Fermín para comer esos ricos salamines.

El barrio se pobló de lindas casas modernas y familias con niños para jugar. Hay comercios nuevos, un banco, un supermercado y tiendas de ropa a las que me gusta ir con mi mamá y mis hermanas.

De vez en cuando se escucha el pin-pin del tren, la gente se apura como antes para no perder su tren, yo ahora no lo entiendo, me dicen que cuando crezca lo voy a entender.

También hay señales de tránsito nuevas, pusieron semáforos y la senda peatonal que hay que respetar. Ya somos muchos los que vivimos en este barrio y disfrutamos de esta hermosa ciudad.

Vamos al club y a la plaza a llevar a mi hermana más pequeña a jugar a los juegos de madera. Divertidas, nos volvemos a casa. Cerquita de casa está mi escuela, cada mañana nos levantamos temprano toda la familia y nos vamos cada uno a su labor, mis hermanas y yo al colegio y mis papas al trabajo.

¡Qué suerte la mía! Tomás dibujo, hace un tiempo, un corazón en su muro. Era rojo, muy rojo lleno de amor. Cuando mi papá conoció a mi mamá la trajo a vivir acá.

¿Adivinaste? Tomas es mi papá. Juntos pintamos un mural con cada historia vivida, ayer mi papá, hoy yo. Pinceladas de infancia que quiero guardar en mi corazón. Un mural con colores, olores y sabores que se sienten tan reales y cercanos.

A lo lejos se escucha el pin-pin del tren, la estación se llena de pasajeros que van y vienen, la tarde cae, el sol se pone. Se encenderán las luces y las familias se reunirán a compartir las vivencias del día para seguir dándole color al muro imaginario.

¿Qué colores vas a usar hoy?

 



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